
El PJ de San Juan y la "cenita" de la discordia: ¿Renovación real o interna a cielo abierto?
Daniel G. Solar
La política sanjuanina no sabe de silencios largos. En una provincia donde la "rosca" se cuece a fuego lento pero quema rápido, lo que comenzó como un convite reservado terminó transformándose en un incendio que amenaza con consumir los puentes —ya de por sí precarios— entre la vieja guardia y el nuevo poder territorial. El epicentro del sismo fue una mesa servida en 9 de Julio, una "cenita" que, bajo el barniz de la camaradería, escondía los hilos de un armado que los intendentes del Justicialismo no están dispuestos a digerir.
El enojo en la Liga de Intendentes no es solo un berrinche por una invitación que no llegó. Es la manifestación de una fractura expuesta. Para quienes hoy gestionan el territorio y mantienen viva la llama del PJ en los departamentos, el encuentro fue leído como una afrenta directa, un intento de "puenteo" gestado por dirigentes que, a los ojos de los jefes comunales, ya deberían estar redactando sus memorias en lugar de diagramar listas electorales.
En política, lo que no se muestra no existe, pero lo que se muestra mal, destruye. La reunión en 9 de Julio, organizada por Walberto Allende —un dirigente al que muchos en el sector renovador califican con el estigma del "retiro efectivo"—, contó con la presencia de Mauricio Ibarra y Fabián Gramajo. Para los intendentes en ejercicio, estos nombres representan una ambición de "pesca" en río revuelto; dirigentes sin cargos partidarios actuales que buscan, según dicen en los pasillos de la calle 25 de Mayo, "asegurarse un lugar en el banco de suplentes antes de que se cierre el libro de pases".
Sin embargo, el verdadero detonador fue la presencia de Gramajo. Su participación en la cena actuó como una granada de fragmentación en la sede del PJ y, fundamentalmente, en el entorno del senador Sergio Uñac. La respuesta no se hizo esperar y llegó con una carga simbólica demoledora desde el departamento más populoso del Gran San Juan.
Daniela Rodríguez, intendenta de Chimbas y presidenta de la Junta Departamental, no se quedó en el reproche telefónico. Eligió la acción. Mientras la interna ardía, ella se mostró en primera fila durante la Apertura de Sesiones Ordinarias de la Ciudad de San Juan. No fue un acto de cortesía institucional inocente: posó para las cámaras junto al intendente de Santa Lucía, Juan José Orrego y la jefa comunal de la Capital, Susana Laciar.

El mensaje cifrado —pero legible para cualquier iniciado— fue contundente: si el peronismo "residual" se junta a escondidas para socavar gestiones, los intendentes tienen autonomía de vuelo. "Daniela es la que tiene los votos y la gestión. ¿Gramajo qué es hoy?", se preguntaban con acidez en el entorno de la jefa comunal. La tensión es total: ¿por qué el PJ provincial guardó silencio ante los embates de los concejales gramajistas contra Rodríguez? ¿Por qué el diputado departamental de Chimbas, Gabriel Sánchez, parece sintonizar más seguido con el orreguismo que con su propio bloque? Las preguntas quedan flotando en el aire denso de la interna.
El malestar de los intendentes radica en una verdad estadística y territorial: ellos son los que "ponen el lomo" y los recursos. Un secretario político de una comuna peronista lo resumió con crudeza: "Armaron una cenita para definir temas que después tenemos que sostener nosotros en los barrios, dando la cara ante el vecino que no llega a fin de mes".
En esa misma mesa de quejas, recordaron un antecedente que todavía genera escozor: el papelón institucional por la reforma de la Ley de Glaciares. Aquella vez, los mismos operadores que hoy se reúnen en 9 de Julio impulsaron un documento que buscaba condicionar a los legisladores nacionales de San Juan. "Querían cuestionar a Cristina y terminaron haciendo un ridículo que casi nos cuesta la relación con sectores productivos clave", disparó un dirigente departamental.
Frente a este escenario de "encerronas" y contubernios, emerge una figura que parece haber entendido el cambio de época: Cristian "Máquina" Andino. El diputado nacional, aunque no integra la cúpula formal del partido, es señalado por las bases como el único que recorre la provincia de punta a punta. "En los departamentos conocemos al intendente y al 'Máquina'. Al resto solo los vemos en las fotos de las cenas", sentenció una dirigente barrial, marcando la distancia abismal entre la dirigencia de café y la de territorio.
La Real Academia Española define "renovar" como la acción de dar nueva energía a algo o sustituir lo viejo por algo nuevo de la misma clase. Para el peronismo sanjuanino, esta definición no es un ejercicio literario, es una urgencia de supervivencia.
Muchos de los intendentes que hoy lideran la queja se sienten empoderados por los resultados de las legislativas de 2025. En aquellos comicios, el peronismo logró mostrarse competitivo allí donde los candidatos ofrecieron esa "nueva energía" de la que habla la RAE, alejándose de disputas estériles que solo servían para alimentar el ego de un puñado de dirigentes.
La resistencia a este recambio generacional y de métodos es lo que hoy tiene al PJ en un estado de parálisis reflexiva. Los "operadores de siempre" se niegan a soltar el volante, incluso cuando el GPS indica que ya no están en la ruta principal. El riesgo es que, en su afán por mantenerse vigentes, terminen convirtiendo al principal partido de la oposición en una confederación de sellos vacíos.
Para este lunes se rumorea una nueva reunión, esta vez más amplia, aunque el hermetismo sigue siendo la norma. Nadie se anima a confirmar su asistencia. Algunos intendentes ya adelantaron que, de ir, será para "marcar la cancha" y exigir un recambio urgente de los gestores del partido.
"Nadie sobra, pero algunos ya cumplieron su ciclo y eso lo deben entender por las buenas o por las urnas", concluyó un referente de la estratégica Junta de Concepción.
La moneda está en el aire. El peronismo de San Juan debe decidir si sigue refugiado en "cenitas" de pocos amigos o si se abre a la realidad de sus intendentes, que son, en definitiva, los únicos que mantienen el contacto directo con el termómetro de la calle. Si la respuesta es más de lo mismo, la renovación no será una elección, sino una consecuencia inevitable —y dolorosa— impuesta por los votos.


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