
Acoso escolar: entre el miedo a quedar afuera y la ausencia de los adultos
Ignacio Cúnsulo
En San Juan, la problemática del acoso escolar continúa generando preocupación en ámbitos educativos y de salud mental. A pesar de las iniciativas impulsadas desde el sistema educativo, los casos no solo persisten. Muchas veces se desarrollan de manera silenciosa, sostenidos por dinámicas grupales que dificultan su visibilización.
En ese contexto, el medio digital El Tribuna pudo conversar con la psicóloga Mariela Serra, especialista en acoso escolar, quien aportó una mirada profunda sobre las causas, dinámicas y desafíos que plantea esta problemática en la actualidad.
“Más que ocultos, los casos están normalizados”, advierte la psicóloga Mariela Serra. Uno de los factores más determinantes es el rol de los compañeros que presencian las situaciones de acoso. Lejos de intervenir, muchos optan por callar.
El motivo principal es el temor a perder su lugar dentro del grupo. En la adolescencia, el sentido de pertenencia adquiere un peso decisivo. Esto puede llevar a que los jóvenes eviten involucrarse, incluso cuando reconocen una situación de violencia.
“Tienen miedo de ‘buchonear’ y quedar excluidos, o peor aún, convertirse en la próxima víctima”, señala la especialista. Ese silencio no solo encubre el problema, sino que también lo perpetúa dentro del grupo.
A esta dinámica se suma una mirada adulta que, en muchos casos, minimiza el problema. “Todavía se piensa que son conflictos entre chicos que deben resolver solos”, explica Serra. Sin embargo, esa idea desconoce aspectos fundamentales del desarrollo.
Desde el punto de vista neuropsicológico, los adolescentes aún no cuentan con herramientas plenamente desarrolladas para regular sus impulsos. Tampoco tienen consolidadas la capacidad reflexiva ni la empatía. La corteza prefrontal, clave en estos procesos, todavía está en formación.
“Creer que pueden manejar estas situaciones solos es un error que puede tener consecuencias graves”, advierte. Por eso, insiste en la necesidad de una intervención adulta activa y sostenida.
En ese marco, la especialista subraya la importancia de diferenciar el bullying de otros conflictos cotidianos. No toda discusión entre pares constituye acoso escolar. Para que así sea, debe tratarse de una conducta reiterada en el tiempo y con una relación desigual.
El acoso puede manifestarse de forma física, verbal o digital. En este último caso, el ciberbullying amplifica el daño. La violencia deja de estar limitada al espacio escolar y se extiende a todos los ámbitos de la vida del adolescente.
El abordaje, sostiene Serra, no puede centrarse solo en la víctima. También es necesario intervenir sobre el agresor y los testigos. “Muchas veces quien ejerce violencia también está siendo víctima en otros ámbitos”, explica.
Esta mirada permite comprender el fenómeno como una red de vínculos atravesados por distintas formas de violencia. No se trata de hechos aislados, sino de dinámicas que se reproducen si no se interviene a tiempo.
La detección temprana es clave, aunque no siempre sencilla. Cambios de conducta como irritabilidad, aislamiento o rechazo a asistir a la escuela pueden ser señales de alerta. También expresiones de hartazgo o encierro prolongado.
A esto se suma el consumo de contenidos digitales sin supervisión. “Los chicos están expuestos a estímulos que muchas veces promueven la violencia”, sostiene. Sin capacidad de autorregulación, esto puede derivar en conductas impulsivas.
Frente a este escenario, la especialista insiste en el rol activo de los adultos. Padres, docentes y profesionales deben involucrarse. Generar espacios de escucha y acompañar los procesos es fundamental.
La intervención no implica únicamente sancionar. También supone mediar, escuchar a todas las partes y validar emociones. “No alcanza con decirles que se defiendan. Hay que enseñarles cómo hacerlo”, remarca.
En ese sentido, también destaca la importancia de denunciar las situaciones ante las autoridades escolares. Además, acompañar a los adolescentes a tomar distancia de entornos hostiles, como grupos virtuales donde se producen agresiones.
Sin embargo, estas decisiones no son simples. El miedo a perder el grupo de pertenencia puede paralizar a los jóvenes. Por eso, el respaldo adulto resulta indispensable.
El trasfondo del problema revela una tensión profunda. Muchos chicos prefieren soportar el acoso antes que enfrentar el rechazo social. “El dolor de quedar afuera puede ser más fuerte que el del propio maltrato”, explica Serra.
En esa lógica, el silencio de los testigos y la inacción adulta consolidan el problema. El acoso deja de ser excepcional y pasa a formar parte de lo cotidiano.


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